martes, 20 de julio de 2010

UNA EMOCIONADA REFLEXION SOBRE EL LIBRO

Lo más importante de un libro es lo que el libro dice. Cómo lo dice tambien tiene su interés. Poco debería importarnos si lo escrito escrito está sobre papel higiénico con pinturas ceradecor. ¿Poco?. Reconocemos las dificultades inherentes al manejo, lectura y conservación de, pongamos,  las obras completas de Erasmo garrapateadas esobre rollos de Colhogar. De ello se deduce necesariamente que el cuerpo físico del libro no está exento de importancia funcional. Todo el mundo sabe de la desagradable sensacion de ir perdiendo hojas de esos horribles libros de pliego suelto chapuceramente engomados bajo una cartulina satinada que,  haciendo las veces de cubierta, se arquea, arruga y agrieta, y acaba por claudicar miserablemente, cayendose por detras de los estantes y dejando al libro desnudo, desaseado  y despedazado. Descojonado, en una palabra.
Llegamos así, por pura exigencia de utilidad, a la necesidad de dotar a los libros, de una "tapa dura". Transparente denominación, porque tapa el contenido del libro, y es dura. Durísima como puede asegurar quien recibió sobre un juanete el "Ulises" de Joyce, arteramente concentrado su peso (que no su pesadez) sobre una de sus esquinitas. La tapa dura nos exime, además, de la adquisición de esos espantosos adminículos pretendidamente decorativos llamados sujetalibros. Ventajosamente se pueden sustituir estos engendros mediante la estratética colocación de dos libros en cuarto de tapa dura y grosor respetable (por ejemplo el mismo "Ulises", si no ha ido por la ventana, y algo como el "Felipe II" de Fernandez Alvar. Dos señores ladrillos entre los que apacentar otros de carcasa más discreta.
Por supuesto, hay libros y libros, como hay gatos y gatos, y señoras y señoras. Nadie debe ser echado al fuego (quizá algún gato sí), pero reconocemos que hay impresores que se esfuerzan, y eligen buenos papeles, bellas tipografías, y sofisticadas prensas (o como se llamen los ingenios utilizados ahora para estampar), y otros que imprimen con lo que pillan, sobre lo que pillan, y apretando con un zapato. Así salen luego los pliegos. Los unos tersos, aseados, limpios como la cara de un bebé (si no ha comido galletas), con todas las letritas ordenadas, en hilera, sin erratas, y los otros hechos unos zorros, con escurriduras, chorretones, las palabras a la virulé, con páginas en blanco, dobladas, bigotes y hasta manchurrones de chorizo. Estos últimos no hay quien los ennoblezca. Se toleran, pero no se exhiben. Los primeros merecen atención, respeto y amor. Si coincide una exacta y bella factura y un noble discurso, dicha atencion es obligada.
Se puede dedicar una fructífera vida al ejercicio del  noble arte de la encuadernación. No soy encuadernador, pero sí aficionado a los libros bellos, y me ha movido a estas deshilachadas reflexiones una información según la cual Amazon (pronuncien "ameison", haganme el favor, para no parecer garrulos) ha vendido más libros electronicos que libros en tapa dura. Archivos para libro electrónico, se entiende, siendo el libro electronico propiamente dicho una especie de cacharro que hay que conectar al ordenador para descargarse el archivo en cuestión y que aparezca en una pantallita.
Yo, personalmente, me niego en redondo a prescindir del peso, del volumen, del olor,  del tacto, de la gloriosa tendencia a acumular polvo (ese polvo que, acusador, se esparce cuando un libro es abierto después de un largo sueño). Me niego a renuciar a las sensaciones de ojear, de hojear, de saltar de libro en libro, de tener dos, tres, siete abiertos a la vez, de ver como me llaman desde las estanterías, como cada uno de ellos, con la sola y fugaz visión del lomo, me recuerda un tiempo, un lugar, una compañía, una conversacion en la que, pedantesca u oportuna, saltó la cita.
Otros quehaceres nos han quitado horas, fuerzas e ilusión. Sobre todo horas. No leo todo lo que quisera, y lo que leo es mucho menos de lo que debiera, pero no permitiré que, lo poco que leo, me lo administren como si fuera un supositorio, como un medicamento, como una película porno. No quiero que me roben la carnalidad, el delicioso calor emanado de un libro como los de antes.

NOTA: la ilustración que encabeza estas lineas es la cubierta de un libro encuadernado en estilo Grolier, renacentista francés. En este enlace, que les recomiendo encarecidamente, se repasa la obra de un genio absoluto de la encuadernación, el catalán Emilio Brugalla. Contemplen su obra, y calibren de qué manera hay que amar el libro para concebir y ejecutar semejantes prodigios.


4 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Así es. Un libro es insustituible por nada que sirva para leer. Y mucho menos por instrumentos digitales.

Al igual que tú, adoro los libros, sus formatos, sus olores y su tacto.

Dela exposición de encuadernaciones todas son muy buenas pero me han gustado en especial : de Navegantes y Traducción del Dante, ambos de parecida fecha.

isra dijo...

Ni escribo ni encuaderno, pero maqueto, algo es algo y no hay mayor placer que maquetar un libro y poner parte de tí en ello.

Comprar un libro, abrirlo por primera vez, y ver crecer una biblioteca a lo largo de los años es uno de los grandes placeres.

Otro EAI

CARTASMARRUECAS dijo...

¡¡Ahí es nada, maquetar un libro!!. Disribución de ilustraciones, márgenes, notas... Es impresionante lo que se hace en libro ilustrado, por ejemplo en los de cocina.
La "fabricacion" de un libro implica a infinidad de artistas. ¿Conoces los de Editorial Siruela, la serie azul?. Hay uno dedicado a Athanasius Kircher realmente espléndido.
Saludos

isra dijo...

Los conozco, donde más se nota el esmero en el detalle es en pequeñas editoriales que sacan auténticas obras de arte.

Ahora no recuerdo ni el título ni la editorial (si me acuerdo otro día lo anoto), sólo pude quedarme tonto mirándolo, lo vi en Bertrand, un librito (parecía de bolsillo) por el "módico" precio de 175 euros, igualito que tener un incunable en tus manos.