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lunes, 24 de agosto de 2009

PODA, NO CORTA


A nadie le cabe duda que los ciudadanos deben contribuir, en la medida de sus posibilidades, al sostenimiento de las necesidades del Estado. En nuestros tiempos, empero, las necesidades son infinitas, y la medida de dichas posibiliades se toma con una elástica cinta que se estira y estira conforme dichas necesidades son más y mayores. Los ciudadanos se convierten, muchas veces, en esclavos de una agresiva política fiscal que no hace más que enjugar momentaneamente los desmanes y torpezas de sus dirigentes. Atosigados por los impuestos y las innumerables exacciones de una administración hipertrófica hasta la ubicuidad, recibimos unas migajas en forma de "subvenciones", "ayudas" o "políticas sociales", que el Gobierno de turno distribuye con un displicente gesto, como quien concede una gran merced, en vez de hacerlo con la humildd de quien, en el mejor de los casos, revierte a su legítimo dueño una minima parte de lo que le quitó.


Saavedra Fajardo, mucho más sabio que nuestros gobernantes, y autor a quien estos no leen (tampoco podrían), escribió en su empresa sexagésimo octava:


"Válese el pastor (cuya obligación y cuidado es semejante al de los príncipes) de la leche y lana de su ganado, pero con tal Consideración, que ni le saca la sangre, ni le deja tan rasa la piel, que no pueda defenderse del frío y del calor. Así debe el príncipe, como dijo el rey don Alonso, «guardar más la pro comunal que la suya misma, porque el bien y la riqueza dellos es como suya». No corta el labrador por el tronco el árbol, aunque haya menester hacer leña para sus usos domésticos, sino le poda las ramas, y no todas, antes, las deja de suerte que puedan volver a brotar, para que, vestido y poblado de nuevo, le rinda el año siguiente el mismo beneficio: consideración que no cae en el arrendador. Porque, no teniendo amor a la heredad, trata solamente de disfrutarla en el tiempo que la goza, después quede inútil a su dueño. Esta diferencia hay entre el señor natural y el tirano en la imposición de los tributos."


Ni los tiranos de entonces, ni los tiranuelos de ahora hacen demasiado caso al Don Diego. Lo cual no le quita razón. Dicen que se avecina una drástica tala en España. Quiera Dios que no se acompañe, además, de una siembra de sal en nuestro ya bastante yermo solar.


viernes, 10 de julio de 2009

HOY, VIERNES, PAUL O'DETTE Y SANTIAGO DE MURCIA



Tras esa efusion capilar y esa corbata está Mr. Paul O'Dette, uno de los mejores, o el mejor intérprete de laud. En esta ocasion, con una guitarra barroca, interpreta piezas de Santiago de Murcia. De Murcia fue un compositor español del Barroco. Falleció después de 1732. En este vídeo de Paul O`Dette se escuchan algunas de sus piezas. Les ruego que presten atención a la que comienza en el punto 3:56. Es un Fandango. Compárenlo con el fandango en Re del Padre Antonio Soler. Parecen hermanos.
Espero que lo disfruten. Sean felices.

lunes, 1 de junio de 2009

DE UN ERROR MUCHOS



En esta Empresa sexagésimo quinta, compara Saavedra Fajardo los errores con las ondas que una piedra levanta en la superficie del agua. Dice así:
"Echada una piedra en un lago, se van encrespando y multiplicando tantas olas, nacidas una de otras, que cuando llegan a la orilla son casi infinitas, turbando el cristal de aquel liso y apacible espejo, donde las especies de las cosas, que antes se representaban perfectamente, se mezclan y confunden. Lo mismo sucede en el ánimo, después de cometido un error. Dél nacen otros muchos, ciego y confuso el juicio, y levantadas las olas de la voluntad. Con que no puede el entendimiento discernir la verdad de las imágenes de las cosas, y creyendo remediar un error, da en otro. Y así se van multiplicando muchos, los cuales, cuanto más distantes del primero, son mayores, como las olas más apartadas del centro que las produce. La razón es porque el principio es la mitad del todo, y un pequeño error en él corresponde a las demás partes. Por esto se ha de mirar mucho en los errores primeros, porque es imposible que después no resulte de ellos algún mal"
¡Cuán dolorosamente comprobamos en nuestros días el acierto y penetración de Don Diego!. Rodeados de gentes cuya incompetencia les impide acertar, y su soberbia reconocer y enmedar los errores, sufrimos, quien más quien menos, las consecuencias en nuestras propias carnes. Es dicho español aquel de "Sostenella y no enmendalla", y debía de tenerla en mente Saavedra cuando escribía:
"En esto fue tan sujeto a la razón el emperador Carlos Quinto, que, habiendo firmado un privilegio, le advirtieron que era contra justicia. Y, mandando que se le trajesen, le rasgó, diciendo: «Más quiero rasgar mi firma que mi alma.» Tirana obstinación es conocer y no enmendar los errores. El sustentarlos por reputación es querer pecar muchas veces y complacerse de la ignorancia. El dorarlos es dorar el hierro, que presto se descubre y queda como antes, Un error enmendado hace más seguro el acierto, y a veces convino haber errado para no errar después más gravemente."
No esperemos de los poderosos y encumbrados la humildad para reconocer un error, Seamos nosotros, siempre avizor, los que detectemos la perniciosa sociedad de ignorancia y soberbia, y anclémonos firmes para soportar el embate del oleaje que levantan.

martes, 26 de mayo de 2009

FORMOSA SUPERNE

Vivimos en una época de discursos adormecedores. Tras su aparentemente impecable aspecto formal, cuajado de conceptos suaves e irreprochables (la solidaridad, lo "social", lo "medioambiental", la igualdad, la justicia, lo "sostenible") se esconden, en no pocas ocasiones, realidades mucho menos gustosas, cuando no agresivas ofensas a nuestro particular criterio y albedrio. Conviene mirar debajo del mantel, husmear tras de los dorados retablos, pues se suele esconder la basura en tales sitios, y donde creemos que hay ponderación y raciocinio se puede esconder las más aviesas intenciones.

No es otra cosa la que propone Don Diego Saavedra Fajardo en esta septuagesimo octava Empresa. Es su motivo una sirena, y lo explica así:


Lo que se ve en la sirena es hermoso. Lo que se oye, apacible. Lo que encubre la intención, nocivo. Y lo que está debajo de las aguas, monstruoso. ¿Quién por aquella apariencia juzgará esta desigualdad? ¡Tanto mentir los ojos por engañar el ánimo, tanta armonía para atraer las naves a los escollos! Por extraordinario admiró la antigüedad este monstruo. Ninguno más ordinario. Llenos están de ellos las plazas y palacios. ¡Cuántas veces en los hombres es sonora y dulce la lengua con que engañan, llevando a la red los pasos del amigo! ¡Cuántas veces está amorosa y risueña la frente y el corazón ofendido y enojado! ¡Cuántas se fingen lágrimas que nacen de alegría!.
Y sigue:
No es menos peligrosa en las repúblicas la apariencia fingida de celo, con que algunos dan a entender que miran al bien público, y miran al particular. Señalan la enmienda del gobierno para desautorizarle. Proponen los medios y los consejos después del caso, por descubrir los errores cometidos y ya irremediables. Afectan la libertad, por ganar el aplauso del pueblo contra el magistrado y perturbar la república, reduciéndola después a servidumbre. De tales artes se valieron casi todos los que tiranizaron las repúblicas.
Palabras de otro siglo, pero tambien del nuestro.

miércoles, 20 de mayo de 2009

FIDE ET DIFFIDE


El cuerpo de la empresa 51 presenta una mano que lleva ojos en la palma y las yemas. Significa que, quien fia de otra persona (le da la mano), debe hacerlo con una prudente desconfianza ("difidencia", la llama Saavedra Fajardo). Porque de la confianza ciega vienen grandes males, y es siempre prudente andar con cien ojos y vigilante.

Traigo a colación esta empresa, porque tengo observado que es mal endémico en España el palmeteo en el hombro, el ir formando cuadrilla sin saber muy bien al lado de quien se marcha, y el ir pergeñando pactos que poco duran porque están fundados no en la confianza, sino en el jaleo, cuando no en el circunstancial interés común de meterle el dedo en el ojo a un infortunado tercero.

Escribe a este propósito Saavedra Fajardo:

"Ninguna cosa mejor ni más provechosa a los mortales que la prudente difidencia. Custodia y guarda es de la hacienda y de la vida. La conservación propia nos obliga al recelo. Donde no le hay no hay prevención. Y sin ésta todo está expuesto al peligro. El príncipe que se fiare de pocos gobernará mejor su Estado. Solamente una confianza hay segura, que es no estar a arbitrio y voluntad de otro"

"Tan importante es en él [príncipe] la confianza como la difidencia. Aquélla es digna de un pecho sincero y real, y ésta conveniente al arte de gobernar, con la cual obra la prudencia política y asegura sus acciones. La dificultad consiste en saber usar de la una y de la otra a su tiempo, sin que la confianza dé ocasión a la infidelidad y a los peligros por demasiadamente crédula, ni la difidencia, por muy prevenida y sospechosa, provoque al odio y desesperación, y sea intratable el príncipe no asegurándose de nadie"

El nuestro es un país de banderías. Es inteligente seguir (tambien en esto) al sabio diplomático barroco. Dada la incomodidad de portar ojos en las manos, yo aconsejo tener bien abiertos los del semblante, para poder así discernir lo verdadero de lo aparente, y fiar solo de personas rectas, de criterio independiente, firme y bien expresado.

martes, 12 de mayo de 2009

MAS QUE EN LA TIERRA NOCIVO


En la Empresa 52, que lleva por lema el mismo que titula este breve artículo, Saavedra Fajardo encarece al principe la necesidad de alejar a los malos (y supongo que tambien a los necios) de las más altas magistraturas del Estado. Dice así:


"Premiar al malo ocupándole en los puestos de la república, es acobardar al bueno y dar fuerzas y poder a la malicia. Un ciudadano injusto poco daño puede hacer en la vida privada. Contra pocos ejercitará sus malas costumbres. Pero en el magistrado, contra todos, siendo árbitro de la justicia y de la administración y gobierno de todo el cuerpo de la república. No se ha de poner a los malos en puestos donde puedan ejercitar su malicia."


Y, como siempre, dice bien Don Diego, y planea su ingenio sobre nuestros dias con conceptos clarificadores. El injusto, el malvado, enterrado en una anodina vida privada, pongamos por caso que aparcado en la facultad de Leyes de una ciudad de provincias, quizá apenas como concejal, poco o ningún daño puede hacer. Su poquedad nos vacuna de grandes daños. Aupado por sabe Dios que causas a las más encumbrados puestos, se multiplican sus vicios y maldades, y quien debiera haber quedado como enfadoso individuo en un ámbito más que limitado, se convierte en calamidad nacional, y aboca a muchos al desastre.


martes, 5 de mayo de 2009

NOTAS SOBRE UNA CORRESPONDENCIA REAL


Acaban de caer en mis manos los dos volúmenes de la correspondencia entre el Rey Felipe IV de España y la monja Maria de Jesús de Agreda. Es esta una correspondencia sobre la que algo había leido en autores que trataban sobre la decadencia española, pero no me había sido posible manejarla, ni consultarla. Ayer noche pase un par de horas hojeando las cartas que cruzaron estos personajes. La lectura completa y seriada exigirá tiempo y dedicación, y cotejo con textos de Historia, puesto que, junto a las cuestiones personales y familiares, se tratan asuntos de Estado y de Gobierno. No obstante, basta un rápido recorrido para percibir la general atmósfera de fin de época, las tribulaciones políticas del Rey, la tortura que para él significaba la suposición de que Dios estaba castigando a España por pecados que sólo a él podían serle achacados. El texto es, como todo lo escrito en aquel siglo, quizá algo pesado para quien no esté acostumbrado a la sintaxis barroca. Pero este texto evoca la figura de un hombre atosigado por la irremisible caida de su patria en el abismo, sentado (así lo imagino) a un bargueño en una gélida sala del Alcázar de Madrid, escribiendo de su puño y letra unas cartas que quizá fueran la única efusión sincera que su alma se permitió en sus sesenta años de vida. Evocan también la recia figura, la infatigable fé de una monja que supo erigirse en consejera y confidente, y quizá incluso en alma amiga, sin moverse de su convento de la Concepción de Ägreda, en el más castigado de los páramos castellanos.


Me dediqué a buscar, entre las cartas del Rey, las que pudieran hacer referencia a algunos de los hechos seguramente más dolorosos de su vida. y digo su vida, y no su reinado, porque me importaba saber del sufrimiento del hombre, no de la tribulación del estadista. Busqué la muerte de sus hijos, de su esposa. Lo que encontré lo transcribo a continuación:


El 17 de Octubre de 1644, once días después de la muerte de la Reina Isabel, escribe sor Maria al Rey (carta XIII) y responde Don Felipe el 15 de Noviembre (carta XIV)

"Yo me hallo en el estado más apretado de dolor que puede ser, pues perdí en un solo sujeto cuanto se puede perder en esta vida.[...] y cuando parecia que había llegado la ocasión de gozar destos frutos, y descansar en mi casa con la compañía de la reina, a quien tanto amaba, y de mis hijos, fué esto tan al contrario, que hallo dolor, pena, congoja y ternura, ocasionada de la mayor pérdida que podía haber".


El 9 de Octubre de 1646 murió el principe Baltasar Carlos. Al día siguiente escribe el Rey (carta CII)

"Pues no movieron el ánimo de Nuestro Señor las peticiones que se le hicieron por la salud de mi hijo, que ya goza de su gloria, no le debió de convenir a él ni a nosotros, que siempre su Suma Omnipotencia obra lo más conveniente y más justo. Anoche, entre ocho y nueve, expiró, rendido en cuatro días de la más violenta enfermedad que dicen los médicos han visto nunca. [..] Sor María, encomendadme muy de veras a Nuestro Señor, que me veo afligido y he menester consuelo".


El 1 de Noviembre de 1661 muere el príncipeFelipe Próspero. El 8 del mismo mes, se dirige el Rey a Sor María en estos términos:

" Ayudadme como amiga con vuestras oraciones a aplacar la justa ira de Dios y a suplicar a Nuestro Señor que, ya que ha sido servido de quitarme este hijo, lo sea de alumbrar con bien a la Reina, cuyo parto aguardamos cada hora. Le de perfecta salud y guarde a lo que naciere, si fuese así su servico, que de otra manera no lo quiero.[...] Hasta aquí os tenía escrito el domingo a las once, y a la una fue Nuestro Señor servido de restituirme el hijo que me había quitado, dándome otro [..]".
Este hijo restituido, que medró contra todo pronóstico, llegaría a ser Carlos II de Austria, motejado "El Hechizado". Llegó la noche tras el prolongado ocaso del cual las cartas que nos han ocupado son una exacta, prolija y hermosa acta notarial.